Cien años de soledad...
Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por donde empezar a asombrarse. Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste en el segundo viaje del tren, y a cuyo obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse.
-¿Con qúién hablas?-le preguntó.
-Con nadie- dijo Aureliano Segundo.
-Así era tu bisabuelo- dijo Úrsula-. También él hablaba solo.
